En los últimos años, el tema del uso de pantallas por parte de niñas, niños y adolescentes pasó de ser una preocupación de algunas familias a un asunto de salud pública y educación.
Eneroi 2026, Morón Hoy – Redacción
La presencia de dispositivos móviles, tablets y televisores en el día a día de los hogares tiene efectos que atraviesan la concentración, el pensamiento crítico, la socialización y las relaciones familiares, y no siempre de forma sencilla o unívoca.
🧠 Lo que muestran los estudios
La investigación científica más reciente señala que el tiempo que los chicos pasan frente a pantallas está asociado con diversos resultados cognitivos y sociales:
- Un estudio sugiere que el uso intensivo de dispositivos sin supervisión puede afectar el desarrollo de habilidades de regulación emocional, atención y comportamiento, especialmente cuando los niños están solos y no interactúan con adultos o pares en el entorno familiar.
- Investigaciones pediátricas destacan que el uso excesivo de pantallas (más de 2–3 horas al día en niños pequeños) puede estar asociado con dificultades en la autorregulación, labilidad emocional y menor desarrollo de funciones ejecutivas —competencias clave para planificar, concentrarse y resolver problemas—.
- Otro trabajo señala que cuando los dispositivos se usan como medio de distracción frecuente, se pierden oportunidades de interacción directa entre padres e hijos, lo que a su vez puede afectar el aprendizaje del lenguaje y la socialización.
- También hay evidencia de que la presencia continua de pantallas —incluso como “ruido de fondo”— puede interferir con el juego activo y la atención compartida dentro de la familia.
Esto no significa que toda pantalla sea mala. El contenido educativo y el acompañamiento de un adulto pueden convertir una tablet o un video en una herramienta de aprendizaje que fortalezca vocabulario, empatía y curiosidad. El desafío está en cómo se usan esos dispositivos, no solo cuánto tiempo.
👨👩👧👦 El contraste entre contextos familiares
En un mismo suburbio o barrio, las experiencias con pantallas pueden ser muy distintas:
- En hogares con más recursos —donde hay tiempo, formación y acceso a talleres, libros, actividades extracurriculars y apoyo educativo— las pantallas se integran a rutinas más estructuradas y complementarias.
- En hogares con menos recursos y tiempo parental disponible, especialmente donde un adulto trabaja varias tareas para sostener la economía familiar, los dispositivos muchas veces funcionan como un reemplazo de compañía o una herramienta de “gestión de tiempos” más que de aprendizaje.
Este contraste no es solo cuestión de hábitos; refleja una brecha social creciente: no es lo mismo educar y acompañar al pibe en el uso de una pantalla que dejarlo solo frente a ella por falta de otras opciones de cuidado, juego o interacción. La tecnología no sustituye a la presencia afectiva o al diálogo familiar, y las desigualdades en el acceso a tiempo de calidad con adultos formados o espacios comunitarios terminan marcando diferencias en el desarrollo cognitivo y social de los chicos.
🧠 Más allá del “tiempo frente a la pantalla”
Las investigaciones contemporáneas también señalan:
- Que la calidad del uso importa tanto o más que la cantidad de horas. Un video o app bien elegido con supervisión puede fortalecer habilidades, mientras que el uso indiscriminado ligado a entretenimiento pasivo o contenido no apto puede tener efectos negativos.
- Que las interacciones cara a cara con adultos y otros niños son esenciales: no es lo mismo mirar una pantalla que jugar con bloques, conversar o leer juntos, actividades que estimulan más profundamente los procesos atentivos, la memoria y la creatividad.
- Que el uso de pantallas no está aislado de factores emocionales y sociales: en situaciones de estrés familiar, cansancio, falta de espacios de juego seguros o ausencia de redes de apoyo, las pantallas muchas veces actúan como sustitutos de interacciones humanas ricas y significativas.
📌 Por qué esto importa aquí, en el Oeste
Para las familias de Morón y el Conurbano, la discusión no es sobre demonizar la tecnología, sino sobre preguntarnos cómo equilibramos sus beneficios con lo que los chicos realmente necesitan para crecer y aprender. El problema no se resuelve solo con prohibiciones técnicas como límites de edad en redes; exigir responsabilidad a quienes diseñan, monetizan y estructuran estas plataformas es parte de la conversación que también se está dando en Europa y otras regiones.
La reflexión local también incluye:
- La importancia de generar espacios de acompañamiento para familias y pibes, donde se enseñe a usar las tecnologías con criterio.
- La necesidad de que escuelas y organizaciones comunitarias formen parte de este acompañamiento.
- El reconocimiento de que las desigualdades sociales también se expresan en el uso de pantallas, y que acompañar a quienes tienen menos recursos y tiempo es un desafío colectivo.

