A los 95 años, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora partió este domingo 14 de junio. Buscó durante más de medio siglo a su hijo Alejandro, desaparecido por la Triple A en 1975.
Su partida deja una enseñanza imborrable: “Que la única lucha que se pierde es la que se abandona”. Y un gesto único, la ternura, como su legado más poderoso.
Taty Almeida, cuyo nombre real era Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, nació en el barrio porteño de Belgrano el 28 de junio de 1930, en el seno de una familia de tradición militar. Hija y hermana de militares, ejerció como maestra hasta que el horror tocó su puerta.
El 17 de junio de 1975, su hijo Alejandro, estudiante de Medicina y militante del ERP, fue secuestrado por la Triple A. Con 20 años, desapareció para siempre. Aquel suceso la transformó: de ser una mujer alejada de la militancia, se convirtió en una activista imprescindible.
En 1979 se incorporó a las Madres de Plaza de Mayo y con el tiempo fundó y presidió la Línea Fundadora, tras la división del movimiento en 1986. Durante casi cinco décadas, fue una presencia constante en las rondas de los jueves, siempre con su pañuelo blanco, defendiendo la Memoria, la Verdad y la Justicia.
La historia de la madre y el futbolista, un hito de la ternura.
Los archivos resguardan una postal imborrable que define el temple de Taty. En una entrevista, el campeón del mundo en 1978, Ricardo Julio Villa, se animó a hablar con una de las madres que suele rodear la pirámide de Plaza de Mayo.
Con un nudo en la garganta, Villa le confesó que él había estado en el Mundial que se jugó durante el horror de la dictadura y que su alegría por el título le pesaba.Aquella madre, que había perdido a su hijo en 1975, lo miró a los ojos, no con reproche, sino con una ternura inmensa.
Y le dijo, como si le hablara a uno de los suyos: “Quedate tranquilo, por favor. Yo te entiendo, querido, vos habías ido por un sueño. Como mi hijo”. Esa conversación selló una dulzura inolvidable. Villa, aquel crack de la pelota, la escuchó en silencio y supo que ella también lo entendía. Fue una lección de humanidad que demuestra que el amor es la única fuerza capaz de vencer la oscuridad.
¿Qué nos deja?
El legado de una maestra.Al momento de su fallecimiento, Taty ejercía la presidencia de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. En su último mensaje público tras recibir un doctorado honoris causa de la UBA en abril, expresó con claridad su pensamiento: “Ustedes son los que van a continuar luchando por la memoria, por la verdad y por la justicia.

Ya hemos pasado la posta a todas y todos ustedes”. La organización que presidía la despidió con un conmovedor mensaje que resume su esencia: “Gracias por enseñarnos que amar es resistir, que la única lucha que se pierde es la que se abandona y que no existe fuerza más grande que la del amor”.
Su resistencia fue constante y se mantuvo alerta incluso durante su internación. Según relatan allegados, hasta sus últimos días estuvo al tanto de la actualidad política y se preocupaba por el destino del pueblo argentino.
Para los vecinos del oeste del conurbano, la partida de Taty Almeida no es una noticia lejana. Su lucha por los 30.000 desaparecidos fue también la lucha de los trabajadores, de los estudiantes y de los jóvenes de los clubes de barrio que crecieron escuchando las historias del Nunca Más.
Su presencia en las marchas, con su pañuelo al cuello y su voz firme, fue un faro ético en tiempos de oscuridad y confusión. Mientras el gobierno nacional avanza con políticas de ajuste, Taty recordaba una y otra vez que no hay que tenerle miedo a la militancia.

Y que la resistencia contra la injusticia es la única herramienta digna para construir un futuro mejor. Su ejemplo es una invitación a no rendirse jamás.
Una partida que invita a continuar la ronda.Taty Almeida no se fue: se multiplicó en cada militante que aprendió de su ternura y su temple, en cada joven que se anima a alzar la voz para defender los derechos humanos y en cada vecino que cruza la Plaza de Mayo y recuerda por qué es importante seguir sosteniendo el pañuelo blanco.
Su legado nos enseña que la ternura no es debilidad: es la forma más poderosa de resistir. Como ella decía: “Quedamos 3 madres y 2 abuelas, pero estamos tranquilas porque la posta ya la hemos pasado”.
Ahora, la ronda continúa sin ella. Pero su luz, como ella misma prometió, nos seguirá alumbrando desde el sol y las estrellas cada vez que las miremos.

