Desde comienzos del verano, distintas zonas del sur argentino atraviesan incendios forestales de gran magnitud, con focos activos en áreas de bosques nativos y regiones de alto valor ambiental. Las altas temperaturas, la sequía y el viento han complicado las tareas de control y extinción.
Los primeros focos se registraron a el 9 de diciembre y se intensificaron durante enero. Brigadistas, bomberos voluntarios y organismos provinciales y nacionales trabajan en el terreno, mientras cientos de personas debieron ser evacuadas y amplias superficies naturales resultaron afectando especialmente a la Patagonia norte argentina. Los focos se expandieron a las provincias de Chubut, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz, y ya arrasaron más de 25.000 hectáreas, según cifras oficiales, un tamaño un poco más grande de lo que abarca todo Buenos Aires. El impacto más grave se concentra en Chubut, donde el fuego consumió al menos 22.000 hectáreas y continúa activo dentro del Parque Nacional Los Alerces.

Junto al avance del fuego, comenzaron a multiplicarse las denuncias de vecinos y organizaciones ambientales. En varios casos se señala la aparición simultánea de focos en lugares de difícil acceso y en horarios poco habituales, lo que alimenta la hipótesis de incendios intencionales.
Las sospechas no son nuevas. Cada temporada, los incendios en el sur reactivan el debate sobre posibles intereses económicos detrás del fuego, vinculados al uso del suelo, desarrollos inmobiliarios o actividades productivas. Por ese motivo, vuelve a cobrar relevancia la ley que prohíbe cambiar el destino de las tierras incendiadas durante décadas.

Desde las comunidades afectadas reclaman investigaciones judiciales más rápidas y sanciones efectivas. También piden mayor prevención, inversión en manejo del fuego y controles durante todo el año, no solo cuando las llamas ya están activas.

Mientras el fuego avanza y el debate político crece, el sur vuelve a mostrar una postal repetida: ecosistemas dañados, poblaciones en alerta y una discusión de fondo que excede lo climático y pone en juego cómo se cuida —o se expone— el territorio.

