(Paseos breves para mirar la ciudad con otros ojos)
1. La Plaza San Martín: el corazón que nunca se apaga
Si querés entender Morón, empezá por su plaza. No importa el día ni la hora: siempre está pasando algo. Madres y padres con chicos, jóvenes charlando, jubilados mirando el movimiento, militantes, feriantes, artistas callejeros. La plaza concentra tensiones, acuerdos y diferencias. Es espacio de descanso y también de expresión política y cultural.

Al irte, entendés que no es solo un espacio verde. Es un punto de encuentro donde la ciudad se reconoce a sí misma, con todo lo que eso implica.
2. La estación de tren: viajar para quedarse
Para muchos, Morón empieza o termina en la estación. Para otros, es apenas un lugar de paso. Pero nadie es indiferente a ella.
Trenes llenos, esperas largas, charlas improvisadas en el andén. La estación organiza horarios, rutinas y hasta estados de ánimo. Hoy, además, se transforma con obras que buscan modernizarla sin detener su pulso cotidiano.
Cuando el tren arranca, queda claro algo: Morón se mueve todos los días gracias a quienes viajan. Y esa experiencia, repetida miles de veces, también construye identidad.
3. Un bodegón de barrio: comer como acto de pertenencia
No hay cartel luminoso ni plato de autor. Hay mesas compartidas, mozos que conocen a los clientes y recetas que no cambian.
El bodegón es memoria viva: conversaciones largas, historias repetidas, discusiones políticas, fútbol y anécdotas familiares. Comer ahí es formar parte de una escena que resiste al paso del tiempo y a las modas.

Al salir, no solo estás lleno. Sentís que participaste de algo colectivo, sencillo y profundamente moronense.
4. Un centro cultural independiente: donde la ciudad imagina
En casas recicladas, galpones o espacios prestados, la cultura en Morón se inventa todos los días.
Talleres, obras, muestras, música en vivo. La autogestión no es un concepto abstracto: es gente organizándose para crear y compartir. Muchas veces sin apoyo, pero con convicción.
Te vas con la certeza de que Morón no es solo lo que se ve en el centro. Es también lo que se crea en los márgenes, con imaginación y compromiso.
5. A partir de febrero: El Museo María Elena Walsh: volver a la infancia para entender el presente
En una casa de Morón que parece detenida en el tiempo, la obra de María Elena Walsh sigue hablando bajito, pero claro. No grita, no se impone. Invita.
Recorrer el museo es encontrarse con canciones, textos y objetos que marcaron generaciones enteras. No es solo literatura infantil: es ironía, política, ternura y pensamiento crítico. En cada sala aparece esa pregunta incómoda que Walsh sabía hacer sin levantar la voz.
Se sale distinto a como se entra. Más liviano, pero también más atento. Como si recordar la infancia fuera, en realidad, una forma de defender la sensibilidad en tiempos duros.

“Cuando visité España y más precisamente Morón de la Frontera, ciudad hermosa, conocí por primera vez el famoso Gallo de Morón pero distinto al nuestro que tiene plumas y es altivo y casi provocador”.
“El Gallo de Morón de España no es un monumento a un animalito, es un monumento al federalismo español. Ese gallo desplumado, maltrecho y huyente, traduce la inconmovible voluntad de sus hombres de dirimir sus conflictos sin permitir jamás la intromisión de los de afuera, así sea una aldea o la nación entera”
Vivir Morón no es cumplir una lista. Es habitar experiencias, prestar atención, involucrarse. Estas cinco son apenas una puerta de entrada a una ciudad que se construye todos los días, desde lo cotidiano y lo colectivo.

