Entre el 28 de febrero y el 10 de marzo, el Pentágono ya llevaría gastados más de 11.000 millones de dólares, según estimaciones de centros de estudio y medios especializados. Los misiles se agotan, los soldados muertos se acumulan y hasta los aliados empiezan a mirar para otro lado. Mientras tanto, en el Congreso estadounidense crece la pregunta incómoda: ¿para qué?
Cuando el 28 de febrero Estados Unidos e Israel lanzaron la “Operación Furia Épica” contra Irán, pocos imaginaban que dos semanas después la factura iba a ser tan abultada. Lo que se sabía es que una guerra cuesta plata. Lo que no se dijo es cuánta.
Según estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), solo las primeras 100 horas de operaciones le costaron a Estados Unidos unos 3.700 millones de dólares, lo que da un promedio de 890 millones por día. Otras fuentes, como la cadena MSNBC, citando a funcionarios del Congreso, elevaron la cifra a 1.000 millones diarios. Y el sitio Politico fue más allá: reportó que legisladores republicanos, en privado, admiten que el gasto real podría acercarse a los 2.000 millones de dólares por jornada.
Si se toma la cifra más conservadora (1.000 millones diarios), del 28 de febrero al 10 de marzo el desembolso ya supera los 11.000 millones de dólares . Once mil millones en menos de dos semanas.
Esa plata tiene destino concreto. Los misiles de precisión PrSM, uno de los favoritos del Ejército, cuestan unos 12,5 millones de dólares por unidad. Cada vez que un avión despega de un portaaviones, quema millones. Y los portaaviones, como el USS Gerald R. Ford, cuestan 11,4 millones de dólares por día solo para mantenerse a flote y operativos.
Pero el costo no es solo económico. Hasta el 9 de marzo, el Pentágono había confirmado la muerte de ocho soldados estadounidenses en el conflicto. Y aunque la Casa Blanca los presenta como héroes, en las redes y en las encuestas empieza a filtrarse otra conversación: “Estos soldados no están muriendo por Estados Unidos, están muriendo por Israel”, se lee en comentarios que recogió la prensa británica.
El problema para Washington es que la guerra no solo no era esperada, sino que tampoco era deseada. Una encuesta reciente mostró que solo el 27% de los estadounidenses apoya los bombardeos, mientras que el 56% cree que Trump está demasiado dispuesto a usar la fuerza. Y el apoyo se diluye.
La legitimidad de la operación también está bajo la lupa. El Pentágono informó al Congreso que no había inteligencia específica que indicara que Irán se disponía a atacar a Estados Unidos, lo que socava el argumento central de “legítima defensa” que esgrimió la administración Trump. La Comisión Internacional de Juristas calificó los ataques como una “grave violación de la Carta de las Naciones Unidas” .
Mientras tanto, los aliados empiezan a mostrar fisuras. El Reino Unido autorizó el uso de sus bases para operaciones defensivas, pero se negó a respaldar la legalidad del ataque inicial . Alemania, aunque respalda el objetivo de frenar el programa nuclear iraní, pide un “plan para el día después” que no existe. La coalición funciona, pero es frágil.
En el plano financiero, la guerra tuvo un efecto paradójico. El dólar se fortaleció como moneda refugio, pero los mercados bursátiles cayeron. El Dow Jones registró su peor semana desde abril de 2025, con una baja del 0,95%, y el S&P 500 perdió 1,33%. Los inversores huyen hacia activos seguros, pero no saben bien dónde refugiarse.
Y mientras los misiles siguen cayendo sobre Teherán, en Washington los legisladores empiezan a hacer cuentas. Once mil millones de dólares en dos semanas. Ocho soldados muertos. Una coalición que cruje. Y un objetivo político que nadie termina de explicar. La pregunta, por ahora, no tiene respuesta.


