El barril de petróleo supera los 110 dólares y los argentinos ya pagan $1.999 por litro de nafta súper, mientras el planeta entero asiste al mayor golpe al suministro energético en décadas. En medio de un conflicto que mantiene cerrado el estrecho de Ormuz, la Argentina se juega su futuro energético en Vaca Muerta.
Sin embargo, la oportunidad de convertir al país en un jugador de peso trae consigo una paradoja incómoda: el precio que pagan las familias hoy para sostener un modelo que promete riqueza para mañana.
La guerra que cambió las reglas del juego energético
El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva sobre Irán. En apenas un mes, el precio internacional del crudo se disparó de 76 a más de 110 dólares por barril. Pero el verdadero golpe llegó cuando Irán, en represalia, cerró el estrecho de Ormuz, una angostura de apenas 34 kilómetros por donde transita cerca del 20% del suministro mundial de petróleo y una cuarta parte del gas natural licuado del planeta.
Los números son elocuentes: las exportaciones de crudo desde el Golfo Pérsico cayeron entre un 60% y un 70%. Arabia Saudita, Kuwait, Irak, Catar, Omán, Baréin y los Emiratos Árabes vieron paralizada su capacidad de enviar petróleo al mundo. La disrupción es la mayor registrada en la historia del mercado energético.
El bolsillo argentino en el medio del incendio
En Argentina, los combustibles ya acumulan subas cercanas al 20% en apenas un mes. El litro de nafta súper de YPF ronda los $1.999 y la premium trepa a $2.207. El gasoil, clave para el transporte de carga y la producción agropecuaria, supera los $2.000 por litro. La capacidad de compra de un salario registrado en litros de nafta cayó un 17% entre febrero y marzo, un desplome que se aceleró en las últimas semanas.
El CEO de YPF, Horacio Marín, decidió congelar los precios por 45 días para evitar un colapso del consumo. “Si trasladábamos el aumento de 70 a 120 dólares el barril, íbamos a generar una baja de consumo tan grande que iba a ser peor el remedio que la enfermedad”, explicó. El gobierno nacional, por su parte, autorizó a las petroleras a incrementar la mezcla con biocombustibles para amortiguar el impacto. Son parches que calman la herida, pero no la cierran.
La promesa y la trampa de Vaca Muerta
Argentina, sin embargo, está mejor posicionada que nunca. El conflicto obliga a los países importadores de energía, especialmente Europa, a buscar proveedores más estables y alejados del foco de tensión. Vaca Muerta aparece como una alternativa natural. Las estimaciones indican que si el precio se mantiene en estos niveles, las exportaciones de petróleo podrían pasar de USD 6.400 millones en 2025 a USD 9.400 millones este año.

Pero la oportunidad tiene un costo. Para que Argentina pueda exportar ese volumen, las petroleras necesitan invertir miles de millones de dólares en infraestructura: oleoductos, plantas de licuefacción de gas y puertos de aguas profundas. Y esas inversiones demandan años, no meses. Mientras tanto, los argentinos ya están pagando el precio de la transición en el surtidor, en el costo del transporte de mercaderías y, en última instancia, en el valor de los alimentos en la góndola.
El dilema que nadie quiere discutir
La guerra en Medio Oriente expuso con crudeza la fragilidad de un sistema global dependiente de unos pocos puntos de estrangulamiento geopolítico. También puso a Argentina frente a un espejo: el petróleo y el gas de Vaca Muerta son una bendición económica potencial, pero también una maldición para las familias que hoy ven cómo sus ingresos se derriten en el tanque del auto o en la factura de la luz.
El desafío de fondo es construir una matriz energética que combine la explotación de los recursos naturales con la protección del bolsillo de los ciudadanos. Que transforme la oportunidad geopolítica en desarrollo real y no en una nueva factura que paguen los mismos de siempre. Mientras ese debate no se dé, la guerra de Irán seguirá teniendo un precio local. Y ese precio, por ahora, lo pone el vecino cuando carga nafta.

